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| IMANOL IBARRONDO/EX-FUTBOLISTA DE SESTAO, RAYO Y BARAKALDO (12 / 01 / 2007) | |||
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Llegué a Lezama con 10 años e, inmediatamente, me colocaron de lateral derecho. Yo venía de meter goles 'a saco' en el colegio, en la calle y en todas partes. Por supuesto, jugaba de todo, 'chupaba mogollón' y quería tener siempre el balón. De lateral me moría de aburrimiento. Pero, ¿quién quiere jugar con 10 años de lateral derecho? Jugábamos fútbol-11 y tocaba cinco balones por partido. Se trataba de un sistema de competición absurdo que, en lugar de adaptar el fútbol a la medida del niño, obligaba a los más jóvenes a adaptarse al fútbol adulto. Esto pasaba hace 25 años.
Hace unos días, viendo un partido de fútbol-11 entre niños de 12 años, comprobé que, básicamente, seguimos exactamente igual que entonces. En un minuto se pierde, de media, seis veces la posesión del balón, siendo el despeje sin sentido la acción técnica más recurrente. La participación en el juego de la mayoría de los jugadores es escasa e intranscendente, apareciendo el 'caos' como el aspecto táctico más habitual. No hay más que ver la actitud de la mayoría de familiares, entrenadores y, por contagio, los propios jugadores, para comprobar que, al igual que en el fútbol profesional y, a pesar de que se proclame lo contrario, ganar también es prioritario. Dice el último 'Balón de Oro' que «a jugar al fútbol se aprende en la calle». Yo diría que se aprendía en la calle. La diferencia es fundamental para entender por qué, en la actualidad, se juega peor al fútbol. En la calle, el juego, la diversión, era lo más importante. El fútbol no se basaba en la repetición de ejercicios analíticos con el único objetivo de mejorar aspectos técnicos, sino que, a través del juego, se mejoraba continuamente la percepción, la toma de decisiones y la ejecución de la acción técnica más adecuada. Jugando, aprendíamos a jugar, a entender el juego. Creábamos nuestros propios juegos y reglas. Si había pocos jugadores se jugaba sin portero y con porterías pequeñas. Si venían más, se movían hacia atrás los jerseys o se hacían más grandes las porterías. Si había poco espacio o era insuficiente para jugar en dos porterías, se jugaba en una a gol-portero o a centros y remates. Sin saberlo, nos obligábamos continuamente a adaptarnos buscando nuevas soluciones para expresar nuestra creatividad y espontaneidad en un entorno lúdico, totalmente ajeno a las exigencias estresantes del fútbol 11 y su reglamentación para adultos. Por supuesto, jugábamos de todo y en todas las posiciones. Arriesgábamos haciendo cosas que no dominábamos bien, sin miedo a cometer errores y a perder el balón. Y, sobre todo, nos divertíamos mucho, porque solamente quien se divierte jugando puede ser creativo. La vigilancia excesiva, el control riguroso y la corrección permanente generan una sensación de falta de libertad y de opresión que limitan la creatividad y aburre. Antes, solamente había fútbol (casi), mientras que hoy, el ocio, la diversión, el entretenimiento para los más jóvenes se encuentran por doquier. Si no disfrutan entrenando y jugando, antes o después, desertarán del fútbol. Los responsables de definir la metodología y didáctica del fútbol en etapas de formación deben enfrentarse al gran reto de diseñar un nuevo modelo, incluidos los sistemas de competición, que facilite el desarrollo de todo su potencial creativo, disfrutando al máximo del juego. Ser creativo obliga a pensar y, pensar, ayuda a entender el juego, y entender el juego es clave para poder ser un buen jugador. Un jugador inteligente. Jugar por jugar. Así eran las cosas en el fútbol de los niños y así deberían seguir siendo. |
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