deportes. El correo. Análisis - liderazgo
   IMANOL IBARRONDO/EX-FUTBOLISTA DE SESTAO, RAYO Y BARAKALDO (16 / 12 / 2006)
  Era un partido decisivo. Nos jugábamos el ascenso y solamente nos valía la victoria. Ganábamos 2-0 hasta que, dos errores individuales, pusieron el 2-2 antes del descanso. El equipo entró muy nervioso y alterado en el vestuario.

Y ahí, apareció el entrenador. En lugar de mantener la serenidad y la tranquilidad ante una situación de tensión, ayudarnos a recuperar la calma y transmitirnos la confianza necesaria para intentar ganar el partido, nos sometió durante 15 interminables minutos, y presa de un ataque de ira, a una tormenta de gritos, amenazas, descalificaciones personales y humillaciones. 15 minutos sin parar.

Por supuesto, en el segundo tiempo fuimos un manojo de nervios y perdimos el partido y el ascenso. El entrenador no volvió a dirigirnos la palabra en los 15 días restantes, hasta el final de la temporada.

Debería quedar definitivamente superada la época de aquellos entrenadores que, bajo el eufemismo de 'entrenador de carácter' pretendían ganarse el respeto de los jugadores en base a comportamientos autoritarios, con actitudes soberbias y arrogantes, insensibles e irrespetuosos, propensos a los ataques de cólera, a los insultos y demás comportamientos poco edificantes. Entrenadores que consideraban a los jugadores como mercancía a su servicio para alcanzar sus objetivos personales a cualquier precio.

En una época en que la búsqueda del talento y de la inteligencia se ha convertido en el núcleo central del debate sobre la gestión de las Organizaciones, el fútbol no puede quedarse al margen.

Hoy en día, disponer de un alto nivel de conocimientos técnicos y una gran capacidad de trabajo, es el umbral mínimo necesario para poder competir por el desempeño de un trabajo con responsabilidad sobre un Grupo o un Equipo, pero eso no garantiza el éxito en absoluto. La diferencia entre un buen entrenador y un gran entrenador no la marca el que sepa más o menos de fútbol, sino sus competencias emocionales y, entre ellas, su capacidad de Liderazgo.

El entrenador de hoy debe ser un seductor, un gestor de emociones, un especialista en seres humanos, un facilitador, alguien con una clara vocación de servicio.Tiene la responsabilidad de definir una propuesta de juego y proponer un objetivo que deben compartir todos los estamentos del Club; jugadores, directivos, aficionados, socios y medios de comunicación.

Adhesión

Debe conseguir la adhesión de todos y eso no se impone. Tiene que persuadir, 'vender' una idea y, para ello, debe ser honesto, auténtico y creíble. En este sentido, en mi opinión, tres son cualidades básicas que deben adornar a un gran entrenador. Debe tener una autoestima equilibrada que le permita ser muy consciente de sus fortalezas y de sus debilidades y, desde ahí, disponer de un alto grado de confianza en sus posibilidades. Solamente si confía en sí mismo podrá confiar en sus jugadores.

Un elevado nivel de autocontrol, sin tender al mal humor o a los ataques de ira, manteniendo la calma y la serenidad en las situaciones adversas. Debe ser humilde, tranquilo y constante. Reconocer sus fallos con naturalidad, sin mentir ni engañar a nadie. Por último, debe tener empatía. Capacidad de conectarse emocionalmente con cada jugador y con el equipo. De ponerse en su lugar y saber escuchar con sensibilidad y, sobre todo, tratar de forma justa y respetuosa a todos los jugadores, jueguen mucho o poco. Sería genial que además tuviese sentido del humor.

Si reclamamos jugadores emocionalmente inteligentes y que piensen en el terreno de juego, no podemos encerrarlos en organizaciones jerarquizadas, autoritarias y rígidas, lideradas por entrenadores al estilo del 'Sr. Lobo' de Pulp Fiction (soluciono problemas y no preguntes cómo). No estoy hablando de estilos de juego. Me estoy refiriendo al arte de dirigir.

Toca elegir y, para no ser ventajista, propongo dos modelos de entrenadores ganadores: Capello versus Rijkaard. Yo lo tengo claro. 'Be water my friend'
 
 
 
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