¿Travesía o derrota?
Raquel estaba al timón de su barco, en alta mar, en medio de una tormenta. Lo describía con mucha viveza: olas de tres y cuatro metros, el viento y la lluvia golpeando su cara, hasta se le removía el estómago. Apenas tenía tiempo para achicar el agua de la cubierta, manejar el timón y agacharse para que la botavara no le diera en la cabeza.
Iba de babor a estribor a toda velocidad, pasando por el puesto del navegante, mientras su tripulación permanecía en los camarotes esperando la calma a la que ella había de conducirles, con toda seguridad. La cosa estaba complicada, porque parecía que existía un riesgo real de naufragio. Sin embargo esto a ella no le preocupaba; su única inquietud era “estar a la altura”. Incluso se asomó a la escalera de la bodega para gritar: “¡Tranquilos, tengo todo bajo control!” Su impulso y su capacidad para enfrentarse a los problemas eran tales, que nadie de los que lo escucharon, pensó ofrecer su colaboración. Otras muchas veces había podido con ello.
Era cierto que la cosa pintaba feo y que se necesitaba un gran esfuerzo para sacar adelante aquello, pero ella estaba dispuesta a hacerlo, además de por la costumbre, porque era lo que se esperaba, tanto que incluso pensaba que era lo que realmente le gustaba. Estaba agotada y aunque creía disfrutar con la tensión parecía no sentirse plena. Lo peor de todo era la sensación de superar las dificultades sin acertar a dirigir la nave en medio de la tempestad y las caras de espanto de los demás.
Elegiría jugadores que ‘vivan’ el fútbol, que sueñen con ser protagonistas de jugadas antológicas hasta el día que se retiren (e incluso después), con remates increíbles, con meter goles decisivos, con ganar la Champions, Ligas y Copas, que no se aburran nunca hablando de fútbol y mucho menos viéndolo... que vivan el fútbol apasionadamente.
En un ejercicio de fantasía recordó un travesía que había realizado tiempo atrás con su barco y su gente por el Polo Norte, en el que, aunque se estaba deshelando, todavía hacía un frío del patín. La luz de la aurora boreal no le ponía nada y tampoco la dureza de una temperatura tan extremadamente baja. También ahí había estado muy sola en la cubierta en esos días/noches interminables en los que el sol no terminaba de salir ni de ponerse, mientras la tripulación la pasaba jodida de frío en los camarotes.
Tal vez lo que más le disgustaba eran esos atardeceres interminables que también parecían amaneceres interruptus. Pero, como siempre, había conseguido sacar la nave de aquellos hielos que aunque intuidos tales, nunca han sido perpetuos. Se veía a ella misma capaz de todo, solo que la tristura de navegación entre dos luces empañaba el sentimiento de grandeza; y también la soledad.
Entonces y, solo por un momento, pensó en la travesía que verdaderamente le gustaría hacer. Se imaginó a ella misma pilotando el mismo barco, el que ella había elegido y se sentía capaz de manejar. Fantaseó pensando en un oleaje simplemente vivo, con viento de popa, regular y potente, un viento que tensaba las velas y obligaba a trabajar, pero que le permitía gobernar la nave. Imaginó también a la tripulación en la cubierta, participando en cada maniobra, protagonizando y disfrutando la travesía. Incluso se los representó cantando, por momentos. Su sueño se cerró con una plácida llegada a puerto, a un lugar desconocido, con todo por descubrir, en un día soleado.
Aquí parecía que había reemplazado el estrés de la tormenta y el gélido tedio del polo, por una leve tensión, no tan emocionante como lo primero, pero en todo caso mucho menos aburrida que el segundo. Además le gustaba ver a su gente en la cubierta del barco, colaborando, trabajando, divirtiéndose y protagonizando sus vidas. Curiosamente había “aligerado” la tripulación y ya solo estaban ahí las personas que le importaban de verdad, las que la hacían feliz y las que se sentían felices con ella. Tal vez oírles cantar le parecía un indicador de alegría levemente insoportable (estaba muy acostumbrada a manejar indicadores).
Lo mejor, sin duda, era el sentimiento de estar dirigiendo verdaderamente el barco y tampoco estaba nada mal la sensación de llegar a un sitio nuevo en el que, por fin, tal vez hubiese algo de sorprendente para alguien que había tenido una existencia tan intensa, para una persona que había vivido tantas experiencias que casi estaba de vuelta de todo. Era como si descubrir la propia ignorancia pudiese llegar a ser emocionante.
Tal vez echaría de menos la tensión/hipertensión de la heroína salvadora y solitaria que se ponía todo a la espalda, pero puesta a elegir, parecía querer optar por un liderazgo moderado verdaderamente acompañado y sin lumbago.
Nada de ello era “real”. Raquel estaba sentada en el sillón del gabinete de coaching. Tan solo conversaba con su coach, animada, incluso divertida, sobre su propia existencia. El barco que se zarandeaba entre el oleaje del océano era una metáfora de sí misma, que recogía, perfectamente, en su opinión, el presente de su vida. También había recordado la necesaria travesía por un desierto helado por la que tiene que pasar cualquier persona que asume el liderazgo de un equipo. Por fin había conseguido pintar el escenario que le gustaría.
Verlo todo de esta manera le había ayudado a descubrir los valores personales y sociales presentes en cada situación, a ver como se contraponían y a elegir lo que quería para ella y para los suyos. No siempre se elige ese punto intermedio, a veces uno se reafirma en su forma de vida y la experimenta más plenamente.
Lo alucinante es que el proceso es ligero, rápido y definitivo: sin dolor y duradero. Pasar de la metáfora a la acción es tan sencillo como renunciar a tres o cuatro cosas sin importancia, redefinir los tiempos para dedicar a cada una de las actividades de la vida y facilitar la participación de las personas que la rodean.
En tres cuartos de hora, así de fácil, así de potente, así de práctico es el coaching co-activo esencial.